martes, 22 de abril de 2025

EFECTOS EN LA SALUD MENTAL DE LOS PROFESIONALES SANITARIOS TRAS LA PANDEMIA: COVID-19

La pandemia de la COVID-19 no ha sido simplemente una crisis sanitaria, ha sido una ola gigantesca que arrasó con todo a su paso. Desde el miedo inicial, pasando por el aislamiento, hasta la pérdida de seres queridos y la alteración de rutinas, vínculos y certezas, el impacto de este fenómeno global ha sido profundo y duradero. Pero más allá de los datos de contagios y muertes, hay una parte de esta tragedia que aún no hemos terminado de dimensionar: su efecto sobre la salud mental, tanto a nivel individual como colectivo.

Muchas de estas consecuencias emocionales no fueron inmediatas. Han aparecido, en muchos casos, meses e incluso años después del inicio de la pandemia, como si el cuerpo y la mente hubieran tardado en asimilar el golpe. Especialmente entre los afectados que han sido más vulnerables se encuentran: personas mayores solas, niños que dejaron de ir a la escuela, mujeres víctimas de violencia, familias empobrecidas, personas con trastornos previos, y sobre todo, profesionales sanitarios que estuvieron en primera línea sin descanso.

El desgaste emocional y psicológico ha sido masivo. Los profesionales de la salud, especialmente en atención primaria y servicios de urgencias o cuidados intensivos, han estado sometidos a una presión extrema. Según estudios recientes, ha aumentado notablemente el número de casos de ansiedad, depresión, insomnio y agotamiento emocional entre médicos y enfermeros. En muchos casos, se habla abiertamente de “burnout” o síndrome de desgaste profesional. Las cifras son alarmantes: miles de sanitarios han pensado en dejar la profesión, anticipar su jubilación o han tenido que cogerse bajas laborales debido al deterioro de su salud física y mental.

Lo más preocupante es que este sufrimiento emocional no ha sido reconocido ni abordado con la profundidad que merece. En muchas ocasiones, se ha etiquetado rápidamente como “trastorno mental”, lo que ha contribuido a una peligrosa tendencia a la medicalización del malestar humano. Pero lo que viven muchos profesionales (y también muchas personas fuera del ámbito sanitario) es una reacción emocional comprensible frente a una situación extrema, no necesariamente una enfermedad mental. Estamos ante un trauma colectivo que necesita escucha, apoyo y espacios de elaboración, no solo pastillas.

Otro aspecto clave a tener en cuenta es el contexto en el que estalló esta crisis. La pandemia encontró a los sistemas de salud pública ya debilitados por años de recortes y abandono institucional. En España, por ejemplo, la atención primaria arrastraba desde 2008 un proceso de desmantelamiento progresivo, con equipos sobrecargados, presupuestos limitados y condiciones laborales precarias. Esto no solo dificultó la respuesta frente a la pandemia, sino que aumentó el daño psicológico entre los profesionales: trabajar en condiciones insuficientes genera frustración, impotencia y un desgaste que se acumula.

A esto se suma un modelo de formación sanitaria que, en muchas ocasiones, ha priorizado lo técnico, lo hospitalario y lo farmacológico, dejando en segundo plano la dimensión humana, comunitaria y emocional de la salud. Muchos médicos de familia, por ejemplo, nunca han recibido una formación adecuada en salud mental, dinámicas familiares o trabajo comunitario. No se trata solo de conocimientos clínicos, sino de competencias emocionales, relacionales y sociales necesarias para acompañar a los pacientes en su complejidad.

Esta falta de preparación emocional también afecta la forma en la que los propios profesionales afrontan su malestar: muchos recurren a la automedicación con psicofármacos o intentan “aguantar” hasta el límite. Es urgente repensar la formación en salud para incluir herramientas psicosociales, apoyo entre equipos, espacios para cuidar a los cuidadores, y una apuesta clara por modelos de intervención que valoren la prevención y el bienestar integral.

Pero el futuro no está perdido. La pandemia también nos deja aprendizajes. Allí donde ha habido trabajo en equipo, reconocimiento mutuo y colaboración con profesionales de salud mental, los equipos han podido sostenerse mejor. La clave está en revalorizar lo humano dentro del sistema: el cuidado, la escucha, el apoyo, el trabajo comunitario. Necesitamos políticas públicas que prioricen la salud mental, no como un “extra”, sino como parte central de cualquier estrategia de salud.

Para lograrlo, hace falta invertir en atención primaria y salud mental con decisiones valientes. No basta con aumentar presupuestos: se necesitan cambios estructurales en la organización, formación y valores del sistema. Solo así podremos afrontar futuras crisis con un sistema más fuerte, más humano y más capaz de cuidar sin romperse.

Hoy más que nunca, debemos mirar de frente a nuestras heridas invisibles y atrevernos a transformarlas. Porque una sociedad que no cuida la salud mental de sus ciudadanos y de sus cuidadores, es una sociedad que se olvida de sí misma.


BIBLIOGRAFÍA: Buitrago Ramírez F, Ciurana Misol R, Fernández Alonso MDC, Tizón JL. COVID-19 pandemic: Effects on the mental health of healthcare professionals. Aten Primaria [Internet]. 2022;54(7):102359. Disponible en: ://www.elsevier.es/es-revista-atencion-primaria-27-articulo-pandemia-covid-19-efectos-salud-mental-S0212656722000798

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